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EL NEGRO 10 (Mariano Fermani) 23-09-2013
Cuando la agarra el ídolo:

"Cambiate nene, nos vamos a la cancha" te dijo tu viejo y a partir de ese día, tu vida cambió. Basta de juguetes transformers y dibujitos animados, tu patria es ahora el camino desde tu casa hasta el Gigante de la 34 y tus compañeros de batalla son todos ahora gente muy extraña, que visten todos mas o menos los mismos colores y que hablan generalmente de las mismas cosas "goles", "campeonato", "ganar", "clásico", "patada", "empate", "vamos". Hay una especie de locura colectiva, donde las emociones se multiplican, se retroalimentan y te llevan a gritar junto con todos ellos eso que te hace mas hombre, eso que hace feliz a tu papa y a todos tus compañeros de fila de asientos, ese gol que estará de ahora en mas, presente en tu mente y en tu corazón.
Ahora y desde ese día, tu lugar en el mundo es un lugar cerrado, donde hacia arriba y hacia abajo, mucha gente mira toda hacia un mismo lugar, repitiéndose en gestos de una emocionalidad cambiante, donde mas de una vez en una hora y media muestran preocupación, demuestran felicidad en un canto, se suman a un grito eufórico o a una puteada intempestiva, según la pelotita entre o no, el bandido del referí se digne a cobrar y el equipo rival se meta atrás o cometa la imperdonable audacia de atacar nuestra área. Pasan las semanas, pasan los años, y todo sigue una misma dinámica, alegrías, tristezas, broncas, sinsabores, se van sucediendo conforme seguís yendo a ver a tu cuadro de toda la vida, plantar cara contra otros 11 deportistas para que el circo vuelva a repetirse. Pero este año no. Este año, todo cambió. La tele, los diarios, la radio, los hinchas, los compañeros y hasta el técnico. El semblante de todos es revolucionado por su llegada. La atención se centra en el, la mirada de todos, sus ojos se les salen por verlo llegar, ponerse los botines y entrar. Y desde la primer jugada, el devuelve todas esas ganas en su primer remate, en su primera gambeta, en su primer pase. Su primer concreción, emociona internamente al escéptico y es todo un baño de flores para el partidario, como si fuera una publicidad de suavizante para la ropa. Y a partir de allí, todo cambia.
Dentro de la cancha, se respira un aire distinto. Porque desde el momento en que le llega la pelota y empieza a dominarla y encarar, se percibe una electricidad en el aire, todos súbitamente dejan de cantar, de murmurar, de sollozar, para fijar su mirada en la gracia de sus movimientos, la respiración se contiene, los músculos se tensan, la adrenalina recorre todos los cuerpos, por conducción y convección.
Fuera de ella... eso se parece mucho al amor. Se habla todo el tiempo de su actuación, de sus jugadas y hasta de su forma de vestir, de hacerse ver. Los novios piensan en su nombre para sus futuros hijos, la prensa busca cualquier registro de su existencia humana, cívica y profesional. Y hay un nuevo partido, y el mundo vuelve a dejar de girar. Por una hora y media, todo deja de importar, la espera terminó, nuestro héroe entra en acción. Quizás la primera no le salga bien. No importa. A un ídolo se le aplauden hasta los errores. Porque ese es el sentimiento, esa es la alegría que queda arraigada en la memoria popular, que dibuja en todos una sonrisa al solo efecto de ver su agraciada silueta moverse en el césped, el número de su camiseta estampado en una insignia, el nombre y el apellido pronunciado en cualquier medio de comunicación.
De repente, un vuelco del destino - y también del entrenamiento y el esfuerzo - le hace llegar la pelota, que con practicidad técnica pero también con suavidad artística es llevada rápidamente por el. En ese momento, cuando toda la hinchada se paró y las histéricas ya empezaron el gritito de fondo, la vida pasa en cámara lenta frente a tus ojos, al ver de nuevo la red inflarse, y sentir esa algarabía en tu pecho, esa imperiosa necesidad que tuviste de pibe de volver a gritar con ansias e identificarte con esa masa de hombres, y descargar toda esa tensión, toda esa emoción en un sublime e inenarrable grito de gol. No te preocupes, tu hijo ahora se siente igual...


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